martes, 2 de agosto de 2016

Como mejor nuestras habilidades como Padres?

Recibimos educación entre 12 y 20 años o más para prepararnos para el mundo laboral y para la vida en general, y, sin embargo, no recibimos educación para la tarea más difícil con la que nos vamos a encontrar: ser mamá o papá. Tenemos que ir aprendiendo. Hacemos algunas cosas bien y otras mal. Y más a menudo de lo que quisiéramos, tenemos la sensación de que estamos haciendo algo mal como padres.

La clave es aprender de nuestros errores. Aquí hay tres cosas sencillas en las que podemos enfocarnos y que pueden tener un gran impacto en la vida de nuestros hijos.


1. Da más ánimo que órdenes

Controlar el comportamiento de nuestros hijos es una de las tareas más difíciles respecto a la paternidad. Me encuentro a mí mismo diciendo “no” tantas veces que estoy comenzando a pensar que necesito aprender otros idiomas para dejar de repetirme. Con el tiempo, el poder del ánimo en el desarrollo de nuestros hijos se ha ido documentando (así como el efecto negativo de alabarles de forma desmedida). Ninguno de nosotros estará en desacuerdo con que debemos elogiar a nuestros hijos más de los que los criticamos. Ese elogio debe ser específico, personal, inmediatamente después del comportamiento exitoso y nunca seguido por un comentario negativo. Y nuestro ánimo tiene mayor impacto cuando lo acompañamos de un abrazo.

El pastor y autor Dave Stone dice: “En ausencia del ánimo, el desánimo prevalece. Si no estamos edificando a nuestros hijos, los estamos destruyendo por defecto. Una casa que se deja sola se caerá al suelo en pedazos.” (Fuente: How to Raise Selfless Kids in a Self-Centered World,Thomas Nelson, 2013)

También se ha dicho que los niños aprenden mejor cuando se les permite hacer cosas por ellos mismos. En lugar de estar todo el día mandándoles, deberíamos considerar más oportunidades para que ellos tomen sus decisiones dentro de nuestros parámetros. De esa forma, desarrollarán habilidades en cuanto a confianza y toma de decisiones que les beneficiarán más adelante.



2. Enseña más de lo que hablas.

Como padres, pasamos mucho de nuestro tiempo hablando a nuestros hijos sobre cómo deberían actuar. Y, generalmente, parece que nuestras palabras les entran por un oído y les salen por el otro.

El cineasta Martin Scorsese dijo una vez “Si alguien quiere llegar a los jóvenes a edad temprana y modelar sus mentes de forma crítica, debe conocer cómo expresar ideas y emociones de forma visual”.

Eso es porque la mayoría de los niños son aprendices visuales. De hecho, los estudios demuestran que más o menos el 65% del total de la población aprende de manera visual.

No solamente puedes decirles a tus hijos cómo actuar, tienes que mostrárselo. Deja que te vean ser educado y tener modales en la mesa, hablar con otros de forma respetuosa, pedir perdón, mostrar afecto, ser hospitalario, vivir una relación personal con Dios, ser generoso…


3. Ora más de lo que te preocupas

Para muchos de nosotros, la ansiedad es un problema constante. Nos preocupamos por todo – nuestros hijos, nuestro matrimonio, las finanzas, el trabajo… Pero Dios nos dice una y otra vez que pongamos nuestra cargas en Sus hombros, que oremos y confiemos en El (Mateo 6:25; 35; 11:28; Lucas 12:25; Juan 14:27)

Cuando se trata de nuestros hijos, hay una sola manera de librarnos de la preocupación: volvernos a Dios. Debemos recordar que nuestros hijos le pertenecen a Dios, no a nosotros, que Él nos los ha encomendado y que siempre debemos de buscar Su guía para criarlos. 

No te desanimes, el único perfecto es Dios y Él nos va a ayudar. Todo lo que tenemos que hacer es pedírselo.

- Artículo original de Crosswalk.com

Contenta en Su servicio,


Llámalas “Las Díez libertades”

Lectura bíblica: Éxodo 20:1–17
 
Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos. Éxodo 20:6
Hernán el cangrejo se lanzó furiosamente a través del fondo del mar y fue a parar debajo de la roca de su familia.
—¡Quiero ser libre! —gritó—. No sé por qué me hacen usar este grotesco caparazón 24 horas por día. Me siento atado, estoy atrapado.
Federico, su papá, le colocó una de sus pinzas sobre el hombro. Hernán puso cara de víctima.
—Hijo —le dijo su papá—, te quiero contar un cuento.
—¿Otro cuento?
—Se trata de Haroldo, el humano —continuó Federico—. Haroldo estaba empecinado en ir a la escuela descalzo. Se quejaba de que los zapatos le apretaban demasiado. Por fin, su mamá accedió a sus deseos. Haroldo salió brincando de su casa, y pisó el vidrio de una botella rota. Le tuvieron que poner 20 puntos, y le dieron a otro chico su lugar en el equipo de fútbol.
—Qué cuento tonto, papá —dijo Hernán.
—Quizá, hijo, pero la lección es ésta: Todos los cangrejos han sentido que la vida sería mucho mejor si pudieran zafarse del caparazón. Pues bien, pronto te llegará la hora de hacerlo.
Hernán lo miró sorprendido.
—Así es. Se llama muda, y todos los cangrejos pasan por ese proceso al ir creciendo. Pero cuando sucede, estarás en más peligro que en ningún otro momento de tu vida. Hasta que tu nuevo caparazón se endurezca como el que tienes ahora, tendrás que andar con más cuidado que de costumbre. Sin este caparazón, tendrás menos, no más, libertad.
—Qué raro es eso, papá —comentó Hernán—, algunas cosas parecen limitar la libertad, pero en realidad hacen posible más libertad, ¿no es cierto?
Federico abrazó a Hernán con su pinza, y dijo:
—¿Desde cuándo sabes tanto, hijo?
Algunos opinan que los Diez Mandamientos y las enseñanzas de Jesús nos quitan libertad. Ven las reglas de Dios como algo que los ata, como Hernán consideraba su caparazón. Pero la realidad es que las indicaciones de Dios brindan verdadera libertad a los que las siguen. Por ejemplo, obedecer el quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12), viene acompañado de la promesa de una larga y buena vida contando con las bendiciones de Dios.
A lo largo de toda la Biblia encontramos que los mandatos de Dios nos dan una libertad increíble si respondemos a ellos. Prueba esto: Elige cualquier mandamiento de Dios, y es seguro que podrás pensar en algún beneficio que te brinda a ti y que le brinda a otros como resultado de vivir dentro de los límites sabios de Dios.
 
PARA DIALOGAR: ¿Te sientes a veces atado o atrapado como cristiano? ¿En qué sentido es eso lo opuesto a como Dios quiere que te sientas?
 
PARA ORAR: Padre, gracias por tus mandamientos que nos brindan libertad.
 
PARA HACER: ¿Te da trabajo obedecer alguno de los mandamientos de Dios? Escoge un mandamiento que parece difícil de obedecer y prepara una lista de todos los beneficios que Dios te brinda cuando obedeces ese mandamiento.

miércoles, 27 de julio de 2016

Creo.. más o menos!

Lectura bíblica: Lucas 17:5, 6
 
Si tuvieseis fe como un grano de mostaza, dirías a este sicómoro: ¡Desarráigate y plántate en el mar! Y el árbol os obedecería. Lucas 17:6


Lucy cree que Dios puede obrar en la vida de su amiga Teresa de modo que confíe en Jesús en el futuro; por eso, ora con frecuencia por Teresa y la invita a los estudios bíblicos.

Iván cree que puede aprender mucho acerca de confiar en Dios por medio de dedicar tiempo a estar a solas con él; por eso, se toma unos 10 a 15 minutos todas las mañanas para leer su Biblia y hablar con Dios en oración.

Es posible que pienses en la “fe” como la decisión que uno hace para confiar en Jesús como su Salvador. Pero fe es más que eso. La fe incluye todas las cosas que creemos acerca de Dios y todas las maneras como aprendemos a depositar nuestra confianza en él. Fe es lo que permite que Lucy e Iván comprendan lo que Dios está haciendo en su mundo.

Pero la fe puede ser inestable. Si has estado siguiendo a Jesús por un tiempo, es probable que hayas sentido algo así: “Señor, realmente creo en ti y en tu poder. Pero me está dando trabajo confiar en ti en medio de este desorden”.

Marcos 9 cuenta cómo un padre de familia con un hijo enfermo se sintió inseguro de su fe. Le rogó a Jesús que sanara a su hijo. “¡Ten misericordia de nosotros y ayúdanos!” (Marcos 9:22), clama el padre infeliz. Jesús lo anima a creer en él, porque “¡al que cree todo le es posible!” (versículo 23). Pero el desconcertado padre clama diciendo palabras desgarradoras: “¡Creo! ¡Ayuda mi incredulidad!” (versículo 24). ¿Está confundido ese papá? ¿Cómo puede creer y dudar al mismo tiempo? ¡Pero así es la realidad!

Y en Lucas 17 los discípulos le dijeron a Jesús que querían que les diera más fe en Dios. Rogaron: “Auméntanos la fe” (Lucas 17:5). Pero Jesús les sugirió que no necesitaban una fe enorme. Una fe pequeña como un grano de mostaza daría resultado, siempre y cuando esa fe fuera en él. De ser así, la fe de ellos lograría lo imposible, como desarraigar un árbol grande y arrojarlo al mar.
Entonces, ¿cómo obtienes más fe, la fe que reconoce lo que Dios está haciendo en tu mundo? Empiezas por empaparte de la Palabra. Romanos 10:17 dice: “La fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo”. Cuanto más lees y recuerdas la Palabra de Dios, con más claridad verás lo que Dios está haciendo. Y, como resultado, ¡tu fe aumentará!
 
PARA DIALOGAR: ¿En qué ocasión has sentido que crees, pero que necesitas creer más?
 
PARA ORAR: Dile a Dios estas palabras: ¡Creo, pero ayúdame a no dudar!
 
PARA HACER: Dios quiere desafiar tu fe. Piensa en una manera en que te gustaría que obre en tu vida o en la vida de un amigo o de un familiar. Cuéntaselo a Dios. Ejercita tu fe orando diariamente por tu petición. ¡Y espera a ver qué pasa!

sábado, 23 de julio de 2016

¡Caído, pero no Derrotado!



2 Corintios 1:1–11


El desaliento no respeta a persona alguna. Es más, el desaliento parece atacar más a los que tienen éxito que a los que no lo tienen; porque mientras más alto subimos, mayor suele ser la caída. No nos sorprende, entonces, cuando leemos que el gran apóstol Pablo dice que “fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas”, y que llegó incluso al punto de perder “la esperanza de conservar la vida” (2 Corintios 1:8). A pesar de la grandeza de su persona y ministerio, Pablo era tan humano como nosotros.
Si no fuera por su llamamiento de Dios y su interés por ayudar a las personas, Pablo podría haber escapado de estas cargas (2 Corintios 1:1). 

Había fundado la iglesia en Corinto y había ministrado allí por año y medio (Hechos 18:1–18). Cuando surgieron serios problemas en la iglesia después de su partida, envió a Timoteo para que los atendiera (1 Corintios 4:17) y luego escribió la carta que nosotros llamamos Primera de Corintios.
Desafortunadamente, las cosas empeoraron y Pablo tuvo que hacer una visita dolorosa a Corinto para tratar con los agitadores (2 Corintios 2:1 en adelante). Sin embargo no hubo solución. Entonces escribió una carta “dura y fuerte” que fue llevada por su compañero Tito (2 Corintios 2:4–9; 7:8–12). Después de mucha aflicción, Pablo nuevamente vio a Tito y recibió el informe de que iglesia en Corinto y había ministrado allí por año y medio (Hechos 18:1–18). 
Después de mucha aflicción, Pablo nuevamente vio a Tito y recibió el informe de que el problema se había resuelto. Fue entonces que escribió la carta que nosotros conocemos como Segunda de Corintios.


¿Cuál era el secreto de la victoria de Pablo cuando soportaba las pruebas? Su secreto era Dios. Cuando te halles desanimado y listo para darte por vencido, aparte de ti tu atención y enfócala en Dios. De su propia experiencia difícil, Pablo nos cuenta cómo podemos hallar ánimo en Dios. Nos da tres recordatorios sencillos.

Recuerda lo que Dios es para ti (2 Corintios 1:3)
 Ciertamente no podía alegrarse con respecto a sus circunstancias, pero sí podía alegrarse en Dios, el cual controla todas las circunstancias. Pablo había aprendido que la alabanza es un factor importante para alcanzar la victoria sobre el desánimo y la depresión. La alabanza cambia las cosas, tanto como la oración cambia las cosas.

¡Alábale porque él es Dios! 


Recuerda lo que Dios hace por ti (2 Corintios 1:4a, 8–11)
. Pablo se sentía oprimido por las circunstancias difíciles, y la única dirección en que podía mirar era hacia arriba. En 2 Corintios 1:5–6 Pablo usó la palabra griega pathema, “aflicciones”, la cual también se usa para referirse a los sufrimientos de nuestro Salvador (1 Pedro 1:11; 5:1). Hay algunos sufrimientos que soportamos sencillamente porque somos humanos y estamos sujetos al dolor; pero hay otros sufrimientos que nos vienen debido a que somos el pueblo de Dios y queremos servirle.
Nunca debemos pensar que la aflicción es un accidente. Para el creyente todo es designio de Dios. 

Dios nos anima en todas nuestras tribulaciones enseñándonos por medio de su Palabra que es él quien permite que nos vengan las pruebas.

Dios está en control de las pruebas (v. 8). “Porque… fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida”. 

Dios nos capacita para que soportemos nuestras pruebas (v. 9). Lo primero que él tiene que hacer es mostrarnos cuán débiles somos por nosotros mismos. 

Dios nos libra de nuestras tribulaciones (v. 10). Pablo vio la mano de Dios librándolo, sea que mirara hacia atrás, a su alrededor, o hacia adelante. 
La liberación divina vino en respuesta a la fe de Pablo, tanto como a la fe de las personas que oraban en Corinto (2 Corintios 1:11). “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias” (Salmo 34:6).

Dios se glorifica por medio de nuestras pruebas (v. 11). Cuando Pablo informó lo que Dios había hecho por él, un gran coro de alabanza y acciones de gracias ascendió de los santos al trono de Dios. El servicio más grande que tú y yo podemos rendir en la tierra es glorificar a Dios, y algunas veces ese servicio involucra sufrimiento. “El don concedido” se refiere a la liberación de Pablo de la muerte, ¡un maravilloso don en verdad!

Recuerda lo que Dios hace por medio de ti (2 Corintios 1:4b–7)
una de las razones para las pruebas es que tú y yo podamos aprender a ser fuentes de bendición para consolar y animar a otros. Debido a que Dios nos ha animado, nosotros podemos animar a los demás.
Por supuesto, si hemos experimentado tribulaciones similares, éstas pueden ayudarnos a identificarnos mejor con otros y a saber mejor cómo se sienten; pero nuestras experiencias no pueden alterar el consuelo de Dios. Esta sigue siendo suficiente y eficaz sin que importe cuáles hayan sido nuestras experiencias.
Algunas veces el sufrimiento nos guarda de pecar, como en el caso de Pablo (2 Corintios 12:7). El sufrimiento puede perfeccionar nuestro carácter (Romanos 5:1–5) y ayudarnos a participar del carácter de Dios (Hebreos 12:1–11).
Pero el sufrimiento también puede ayudarnos a ministrar a otros. Pablo experimentó problemas, no como castigo por algo que había hecho, sino como preparación para algo que todavía tenía por hacer: ministrar a otros en necesidad. Simplemente piensa en las pruebas que el rey David tuvo que atravesar para darnos el gran estímulo que hallamos en los Salmos.

Dios tiene que obrar en nosotros antes de poder obrar por medio de nosotros. Es mucho más fácil crecer en el conocimiento que crecer en la gracia (2 Pedro 3:18). Aprender la verdad de Dios y retenerla en nuestra cabeza es una cosa, pero vivir la verdad de Dios y hacerla parte de nuestro carácter es algo completamente diferente.

Ahora podemos entender mejor, lo importante es fijar nuestra atención en Dios y no en nosotros mismos. Recuerda lo que Dios es para ti: el “Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3). Recuerda lo que Dios hace por ti: él está contigo en medio de tus pruebas y hace que resulten para tu bien, y para su gloria. Finalmente, recuerda lo que Dios hace por medio de ti: y permítele que te use para animar a otros.